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Los “olvidados” del Amazonas reciben ayuda flotante


Habitantes de Vila Arixi, un pueblo remoto en la ribera del río Amazonas,
se apresuran a recibir al barco del gobierno.

La llegada del barco del gobierno a escondidas poblaciones de la selva de Brasil es un gran acontecimiento para los habitantes, que nunca habían visto a un médico ni obtenido un documento.

Larry Rohter
The New York Times

Algunos llegan solos en canoas o lanchas a motor, otros llegan con comunidades enteras, atestadas a bordo de embarcaciones de doble cubierta. En un remoto recodo del río, en el corazón de la selva amazónica, su destino se encuentra anclado: un enorme barco que funciona como oficina flotante del gobierno de Brasil.

En una cubierta, médicos y dentistas atienden a una larga fila de pacientes, algunos de los cuales no habían visto a un doctor nunca antes.

Un nivel más abajo, los sorprendidos campesinos ocupan cómodas sillas de una sala de espera con aire acondicionado, mientras funcionarios del instituto de seguridad social, la Policía, el Ejército, el fisco y autoridades laborales emiten documentos de identificación.

Obstaculizados por la pobreza y las enormes distancias, los residentes de los rincones más profundos y aislados del Amazonas no pueden acercarse a su gobierno, por lo que se ven excluidos de sus derechos y beneficios como ciudadanos.

Pero ahora, gracias a un programa iniciado hace tres años, llamado Asistencia Ambulante Rápida, es el gobierno el que se acerca a ellos.

“Tal vez ahora podré recibir mi pensión”, dice José Lourenco de Souza, de 54 años, a bordo del bote gubernamental, una tarde de domingo, en agosto. “He trabajado toda mi vida como peón y he alcanzado la edad para jubilarme, pero nunca tuve los documentos que necesitaba. ¿Qué puedo hacer? No sé dónde está la oficina más cercana del notario público, y mucho menos cómo llegar allí”, explica.

El acrónimo en portugués del programa, PAI, es idéntico a la palabra que significa padre, y sus objetivos son paternalistas en el sentido más benevolente. En el viaje del barco hasta el Río Solimoes, un brazo del Amazonas, 26 agencias gubernamentales, incluyendo al Ministerio de Pesca y el banco estatal de ahorro, tenían representaciones y ofrecieron más de 50 servicios, incluyendo vacunas y registros para el servicio militar.

Severino Cavalcante, secretario de trabajo del gobierno estatal del Amazonas, inició el programa en el 2003, a petición del nuevo gobernador del estado, Eduardo Braga.

“Nuestras autopistas son ríos, y puede tomarnos 17 días llegar desde algunas partes del estado hasta la capital”, señala Cavalcante, “este programa hace que la gente se sienta menos inclinada a dirigirse a la gran ciudad y dejar a sus familias atrás”.

Como bestias en la selva

Una de las más ansiosas por recibir ayuda es Solange Magalhaes da Silva. A sus 38 años, ha dado a luz a 18 niños, de los cuales solamente sobreviven ocho, y se siente preocupada por la salud de su hija menor, Izaele, de 16 meses de edad, quien no camina ni habla. Magalhaes da Silva debe cuidarla y ya no puede trabajar en los campos con su esposo, Isaías.

“Cuando vine el año pasado por primera vez, nunca me había sometido a un examen médico”, indica, “somos pobres. No podemos ir a Manaos, para ver a un médico”.

Los doctores del gobierno le prometieron a Magalhaes da Silva que harían lo posible por Izaele, mientras que la dirección de seguridad social anunció que la familia es elegible para recibir ayuda por incapacidad de unos 125 dólares mensuales.

Los brasileños se quejan constantemente de que la burocracia los envuelve incluso en sitios remotos como este. Un hombre necesita no solo su cédula de identidad, sino también un certificado de contribuyente, una credencial de votación, sus antecedentes laborales y su certificado del servicio militar, para aplicar a un empleo.

Hasta que el programa de gobierno flotante llegó aquí, Johnnes Pereira da Silva, de 39 años, no tenía ni siquiera un acta de nacimiento, y por eso, como muchos otros habitantes del río, no existía para el estado. Pero ahora que él, su esposa y sus tres hijos están registrados, pueden recibir una serie de beneficios sociales y abrirse nuevas oportunidades por sí mismo.

Pereira da Silva indica que, sin documentos, estaba condenado a laborar por el salario mínimo de un peón. Con la adecuada identificación, ahora puede aspirar a “trabajar en una fábrica e incluso en una tienda”, dice con satisfacción.

“Un hombre sin documentos no es nada, no es nadie”, agrega, “no es más que una bestia en la selva”.

Todos los servicios a bordo del bote, el Zona Franca Verde, son gratuitos, y el gobierno paga incluso el costo de laminar los documentos.

Las severas realidades geográficas siempre han estado en contra del gobierno de la mayor cuenca fluvial del mundo. Aunque el estado del Amazonas es mayor que Francia, Alemania, Gran Bretaña e Italia juntos, tiene menos de tres millones de habitantes, y la mitad de ellos vive en Manaos, un puerto y centro industrial.

El resto de los pobladores del interior son desesperadamente pobres, perciben 100 dólares mensuales o menos en su intento por sostener grandes familias por medio del cultivo, la pesca y la caza.

“Estos son los olvidados de Brasil”, afirma Gilson dos Santos, quien procesa tarjetas de identificación. “A veces se sienten muy nerviosos porque todo es nuevo para ellos. No pueden escribir, no tienen educación, así que estropean la firma y tenemos que comenzar de nuevo. Uno tiene que ser paciente con ellos”, dice dos Santos.

Hoy, el programa PAI incluye tres botes que recorren el Amazonas y sus afluentes todo el año, y ya se construye una cuarta embarcación que iniciará operaciones este año.

Un gran acontecimiento

En estas pequeñas y apartadas aldeas, el arribo del bote es un gran acontecimiento. Las mujeres suben a bordo con sus mejores ropas de domingo, acompañadas por hombres con camisas recién lavadas y niños con los ojos bien abiertos y el cabello cuidadosamente peinado. Muchos pequeños no necesitan atención médica ni documentos, solo desean mirar a los visitantes de un mundo desconocido, o ver los vídeos que se proyectan en la gran pantalla del auditorio del barco, o sentir la novedad del aire acondicionado.

En algunos viajes, los botes llevan también una corte flotante, con un juez y un defensor público para juzgar casos, desde disputas sobre la propiedad del ganado y la tierra, hasta acusaciones de fechorías.

A veces, y esta es la parte más emocionante, viene un juez de paz para celebrar ceremonias matrimoniales hasta para 500 parejas en forma simultánea, y el gobierno paga la recepción nupcial, los anillos y las licencias de matrimonio.

Los brasileños de las grandes ciudades suelen mirar con menosprecio a los “ribeirinhos” (se pronuncia ribeiriños), o habitantes de la ribera, como ignorantes y no civilizados. Pero la tripulación a bordo de los botes afirma que su acercamiento al Amazonas les ha infundido respeto hacia los campesinos.

“Estas personas se levantan diariamente al amanecer para ir a pescar, enfrentan a los animales más salvajes y elementos naturales hostiles”, comenta Paulo Cabral, un representante a bordo de la agencia estatal para el desarrollo. “Están resignados, para bien o para mal. Están acostumbrados a arreglárselas solos, porque nadie hizo nunca nada por ellos”, dice.

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