CON AMOR DE PATRIA
“Guayaquil
por la patria”
Ángel
Duarte Valverde
duartea@granasa.com.ec
El
lema que sigue inflamando de civismo y de ecuatorianidad a los guayaquileños
resume, en forma taxativa e inobjetable, la idiosincrasia del pueblo
huancavilca. Pueblo este que no solamente se ha preocupado de sí
mismo, de su superación constante y en todos los órdenes,
sino que ha contribuido, con extraordinaria generosidad, al engrandecimiento
de la nación.
Mañana
conmemoraremos los guayaquileños un nuevo aniversario de
la gesta libertadora que nos desvinculó para siempre de la
dependencia ibérica. Mañana renovaremos nuestros votos
por seguir luchando por superar las dificultades y los obstáculos
que han detenido, durante mucho tiempo nuestro progreso material
y cultural. Y mañana también reiteraremos nuestra
fe en un mejor destino para todo el país, y para lo que hemos
aportado y seguiremos aportando con nuestros recursos y nuestros
esfuerzos.
“Guayaquil
por la Patria”, por lo tanto, no es solamente una lírica
declaración. Es una vivencia, es un hecho mil veces reiterado
desde 1820 hasta nuestros días. Refrescando un poco la memoria,
tengamos muy presente una circunstancia que la historia la consagra
con caracteres de oro: la colaboración, económica
y humana de Guayaquil fue fundamental para que llegara a feliz término
el proceso de independencia de lo que fue la Real Audiencia de Quito,
célula vital de la actual República del Ecuador. En
las breñas del monte quiteño, el 24 de Mayo de 1822,
ondearon los gonfalones azules y blancos y muchos guayaquileños
ofrendaron sus vidas en la célebre Batalla del Pichincha.
Guayaquil
es la ventana por la que, desde la Colonia, la Real Audiencia, antes,
y el Ecuador, después y por siempre, se ha asomado al mundo.
Puerto abrigado, con gente generosa y supremamente hospitalaria,
sobrevivió a los incendios, a los piratas y las epidemias.
Y, recientemente, sobrevivió al peor azote que puede agobiar
a una comunidad, que es el que representan los malos y pésimos
gobiernos municipales. Venturosamente, desde 1992 la maravillosa
intuición popular -magnificada frecuentemente por Velasco
Ibarra- determinó que el cantón empiece a tener excepcionales
administradores municipales. Lo que se merecía desde siempre
Guayaquil -y de lo que careció durante décadas- lo
empezó a tener y lo sigue teniendo: alcaldes austeros, enérgicos
y profundamente compenetrados de sus deberes, de sus obligaciones
y de sus graves responsabilidades como burgomaestres de la ciudad
más importante del Ecuador.
Es
así que, desde 1992, Guayaquil empezó a transformarse
no solamente en su aspecto material sino también en lo relativo
a la salud y a la cultura de sus pobladores. Hoy, la celebración
de la efemérides octubrina nos llena de sano orgullo a todos
los ecuatorianos, y, particularmente a los guayaquileños
y a los avecindados en Guayaquil, porque tenemos una ciudad que
está nivelándose con las urbes más modernas
del subcontinente sudamericano y ha llegado a ser, sin discusión
alguna, el mejor puerto de ese subcontinente sobre el océano
Pacífico.
Por
lo que antecede, los próceres de Octubre cuya memoria evocamos
con profundo respeto, Olmedo, Antepara, Vivero, Febres Cordero,
Ximena y los demás, dondequiera que moren sus espíritus
inmortales, estarán satisfechos porque la ciudad que ellos
la liberaron y la soñaron grande y señorial, hoy,
como nunca, es nervio y corazón de la nacionalidad y justifica,
con creces, su histórico lema con el que titulamos esta nota:
“Guayaquil, por la Patria”.
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