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Válvula de
escape
El pueblo ecuatoriano, alegre y confiado por
naturaleza, se ha vuelto triste y huraño por los golpes recibidos
desde 1999 en que el saqueo bancario precipitó al país
en la gran crisis en que aún esta sumido, tanto más
que durante sus años de sufrimiento no se ha notado una reacción
positiva de la dirigencia política que se niega a cambiar,
más aún, persisten en un tradicionalismo enervante
del espíritu cívico. La crisis en lo económico,
se refleja en la falta de empleo, en la carestía de la vida,
en el gran éxodo de ecuatorianos, que divide hogares, que
requiere de aventuras muchas veces mortales para atravesar fronteras
sin los documentos debidos, etc.
En
este ambiente, el deporte del fútbol despeja los horizontes,
aleja aunque sea por algunas horas los sentimientos negativos, enciende
la pasión positiva del triunfo, se fija metas brillantes
como la de que nuestro seleccionado clasifique y participe en el
próximo Campeonato Mundial de Fútbol de Alemania,
y ¡hasta que conquiste la Copa!
Así
sueña, renace la fe y el optimismo; despierta el espíritu
con una vitalidad avasalladora; hay un reencuentro con el alma grande
del pueblo ecuatoriano; el sentimiento nacional se eleva sobre las
pequeñeces del vivir diario y se olvida de la taciturnidad
propia de las grandes crisis.
Es
que, por otra parte, casi el único aspecto en el cual hemos
progresado en forma brillante, es en el fútbol; los espectáculos
que presenta este deporte alivian espiritualmente más que
los desfiles y las diversiones que muchas veces terminan en francachela.
Es una actitud limpia, enaltecedora, al punto de que estamos aprendiendo
a perder, que es la alternativa de todo deporte; pero aspiramos
siempre a lo mejor, a ganar, a escalar la cumbre, pero si el triunfo
es esquivo, nos resignamos.
Este
entusiasmo por el fútbol, produce a veces actitudes injustas.
Por ejemplo, los triunfos olímpicos personales como los obtenidos
por Jefferson Pérez, que ha constituido la admiración
del mundo, mueven al aplauso y a la gratitud, pero las masas no
salen a las calles como deberían, no hay esa vigilancia anhelosa
de días previos al encuentro definidor; y los festejos bulliciosos,
que siguen al triunfo o los comentarios no precisamente pesimistas
si es que no nos acompañó ese triunfo en el encuentro
definidor. Es la única ocasión en que la derrota no
es objeto de condenación, sino que induce a buscar explicaciones.
Hoy
se ha abierto para los ecuatorianos esa válvula de escape
que alivia las presiones diarias; esta tarde se produce el encuentro
esperado. EXPRESO se coloca junto al pueblo y participa de sus sentimientos.
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