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Mirando hacia todos lados, avanza con paso raudo el joven Gabriel Solórzano, entre la maleza crecida y la basura del llamado Parque del Ocho, una extensa área verde que ocupa casi cuatro manzanas de la tercera etapa de la ciudadela Alborada.
“Si alguien merece estar en los registros de los (récords) Guinness, ese soy yo: me han robado cuatro veces en este mismo lugar”, dice el chico cuando se le pregunta el porqué de su temor.
A pocas manzanas de allí, la moradora María García junto a sus vecinas observa lo calamitoso que luce el parque De la Ardilla. Además del monte y los juegos infantiles destruidos, el lugar se ha convertido en refugio de ladrones.
La situación de estas dos áreas verdes de la III etapa se repite en las de todas las fases de la ciudadela. Los vecinos de la etapa VII, manzana 742, ubicada junto uno de los parques, están convencidos de que, como en otros jardines del sector, los hampones no necesitan dañar las luminarias para cometer sus fechorías o libar dentro de estos espacios. “Aquí roban a la luz del día”, comentan.
Y en la sexta etapa, el residente Miguel Rodríguez testimonia que todos sus vecinos evitan visitar los espacios verdes de la zona. “(En ellos), si los mosquitos no te llevan en peso, lo hacen los ladrones”.
Situada al norte, la Alborada es una de la más grandes urbanizaciones de Guayaquil. Sus más de 800 hectáreas divididas en 14 etapas, albergan a 250.000 habitantes, según la Asociación Cívica de este conglomerado. No es de extrañar que en esta zona residencial, creada hace 37 años, haya 190 parques distribuidos entre 8.500 viviendas para gente de clase media.
Hasta hace dos años 130 de los jardines habían sido intervenidos (construcciones y remodelaciones) por el Municipio, con la condición de que sean los beneficiarios (moradores) quienes se encarguen de su cuidado. Pero si bien el invierno es cómplice del mal estado de estos espacios, la desidia y el mal hábito de ciertos residentes han contribuido a su aspecto actual.
Una prueba de la falta de interés por estas áreas es que cuando este Diario acudió a conocer su estado muy pocas personas de los vecindarios salieron a dar su opinión.
María Alegría Velásquez, presidenta del Comité de Moradores de la III Etapa, admite que falta unión de los residentes para sacar adelante los jardines. “En el de La Ardilla (III etapa) medio limpiamos y cortamos la maleza con dinero de unos pocos”, precisa.
En lo que sí están de acuerdo todos los habitantes de la Alborada, es que el Municipio debe construir cerramientos para un mejor control de los espacios recreativos.
“Esa sería una buena solución”, comenta Aura Camacho, directora de Primaria del centro educativo mixto San Judas Tadeo, que se levanta en la tercera etapa, junto al Parque del Ocho, llamado así porque en sus inicios tenía esa forma.
Pero el cerco no ha servido de mucho en la V etapa. Tampoco la colocación de letreros de concienciación. Las instalaciones se destruyen y permanecen desaseadas.
La moradora Germania Rodríguez lamenta el quemeimportismo de las autoridades.
Mientras las familias que viven cerca del parque principal de la IX etapa están alarmadas por lo peligroso del sector. El residente Leonardo Samaniego denuncia que bajo el pretexto de jugar indor, desconocidos consumen drogas y asaltan a los transeúntes. Cerca, otra área es usada como parqueadero y botadero.
Una variedad de flores, como chabelas y rosas, adornan el parque de la manzana 42 de la etapa XI de la Alborada. También hay aguacates, cocos, nonis, mangos y otros frutos, que en la cosecha son repartidos entre las 20 familias del sector del norte que conforman el comité “Manzanas Unidas Herradura H”.
El esfuerzo de los moradores ha sido reconocido por el Municipio de Guayaquil a través de cartas de felicitaciones.
Los vecinos cuidan el parque desde hace tres años, desde que el Cabildo entregó las instalaciones a la comunidad.
Al menos una vez al mes, las familias se reúnen en la glorieta para analizar las tareas a ejecutar, como la poda de árboles, el arreglo de luminarias y la recolección de la basura.
Patricia de Quinga, miembro del comité, considera que el mantenimiento del parque y la contratación de un guardián ha permitido que baje el índice delictivo en la zona.
El ejemplo de este sector fue acogido por los residentes de la manzana 35. El cuidado de los juegos infantiles y de las plantas son un ejemplo del aporte comunitario.
Los habitantes la califican como una competencia sana, en la que solo resulta ganadora esta parte de la Alborada.
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