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A Tiwintza, no en la frontera sur del Ecuador sino en Bastión Popular, zona marginal de Guayaquil a la altura de la Perimetral, llegó hace dos meses a levantar la fe del sector el joven sacerdote de La Libertad (provincia de Santa Elena) Omar Mateo López, de 36 años de edad.
Después de estudiar en Roma y ejercer un servicio diplomático en esa ciudad y también en Haití (secretario de nunciaturas), cumplió el sueño de ser designado y servir como párroco en la iglesia Anuncio del Reino, labor que no había desempeñado anteriormente.
Es en ese templo conocido también por su antiguo nombre de Narcisa de Jesús, levantado hace un año en medio de casas de caña, calles sin asfalto ni identificación, donde el padre Omar está dando sus pinitos como pastor. Esto lo tiene “muy contento”, pues se trata de una tierra de misiones y en la que muchos fieles aún no han recibido los sacramentos.
“Estoy feliz aquí, es una realidad distinta al Guayaquil que conocemos. Aquí no hay servicios básicos. La luz se va a cada momento. No hay alcantarillado. Se comunican por celular. La gente sufre por esto, pero es gente cercana a la Iglesia”, dice Mateo, quien a pesar de ejercer como cura desde hace 9 años, jamás pensó vestir la casulla.
“De pequeño iba a la misa y nada más”. Como adolescente su participación más cercana en la iglesia la tuvo como catequista, pero fue en el seminario donde descubrió su vocación.
“Yo tenía otros planes. De hecho venía a Guayaquil (de la Península) a estudiar Biología Marina, en la Universidad Estatal. La inquietud fue creciendo. Mi primera experiencia en el seminario la hice aprovechando que había un paro universitario (ríe)”.
Cuenta que hace dos meses, días antes del terremoto en Haití (12 de enero) regresó a Ecuador para trabajar en Tiwintza, sector “pelucón” en relación a la infraestructura y pobreza del país centroamericano, asegura.
“Yo pensé que era una exageración que los niños comían galletas de tierra en Haití, pero es verdad, la gente no come o lo hace cada dos días. Aquí (en Guayaquil) se alimentan una o dos veces al día, se trabaja aunque sea de albañil o de doméstica. Allá no hay trabajo”.
Insiste que lo citado “no es un consuelo”, sino una realidad de la que fue testigo mientras se desempeñaba como diplomático vaticano en ese país caribeño, hoy agobiado por el terremoto.
Su trabajo pastoral en Anuncio del Reino comenzó con visitas de casa en casa a cada uno de sus feligreses con la finalidad de que sepan que cuentan con un párroco de forma permanente. La respuesta de los fieles es positiva, asegura el joven Ministro de la Iglesia católica.
Según Mateo, esto se mide por la presencia de fieles a la misa, una iglesia llena los domingos, con asistencia entre 30 y 70 personas los otros días.
Entre lo prioritario del templo están la construcción de la casa cural y los salones de la iglesia. Por ahora, el sacerdote vive en la parroquia vecina de Jesús Obrero, en Balerio Estacio, pero con la ayuda de la comunidad aspira iniciar este año los trabajos que amplíen el santuario y obtener las necesidades de la Casa de Dios.
El ambón y la credencial en la iglesia de Mateo asemejan un barco y una canoa para la pesca, como los que acostumbraba a ver en su niñez en su natal balneario de La Libertad, península de Santa Elena.
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