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El 30 de junio de 2009, a las cuatro de la mañana, un avión a punto de aterrizar que viajaba desde Yemen a las islas Comoras se estampó contra el océano Índico, a una treintena de kilómetros del aeropuerto de la ciudad de Moroní, con 153 personas a bordo. Solo hubo una superviviente: Bahia Bakari, una adolescente francesa que ahora tiene 14 años, tímida, buena estudiante, habitante de la periferia parisiense, que segundos antes de que el avión se despedazara al estrellarse buscaba, inclinada sobre la ventanilla de su asiento, las luces de la costa.
Bahia cuenta su milagrosa historia con un hilo de voz, pero sin titubeos, sentada en la lavadora de la cocina de su casa de Corbeil-Essonnes, localidad situada a una veintena de kilómetros de París. Al principio no tiene ganas de volver a recordar el accidente, el rescate a manos de un pescador, la muerte de su madre, las largas horas en soledad pasadas en medio del océano... Pero luego se anima explicándose cosas a sí misma y acaba sonriendo a veces. Su padre, Kassim Bakari, de 42 años, se encuentra al lado, atento a lo que dice su hija.
El piso, de 3 habitaciones, es modesto, está cuidado y limpio. Al fondo se escuchan las voces de los juegos de los tres hermanos de Bahia, todos más pequeños que ella. El padre, que ha trabajado toda la vida de transportista, acaba de llegar en autobús de hacer la compra en el centro comercial de la ciudad. Mira a su hija y escucha su relato en silencio, sin intervenir apenas, con un punto de orgullo en los ojos.
Todo empezó el 29 de junio pasado, cuando Bahia y su madre Aziza salieron de casa en dirección al aeropuerto parisiense Charles de Gaulle para acudir a una boda muy lejana. El destino final del viaje era las islas Comoras, la tierra de origen de la familia, el lugar en el que nacieron el padre y la madre. Los 1.300 euros de cada billete obligaron a seleccionar y el padre decidió que volaran solo su mujer y su hija mayor en representación de los Bakari para acompañar a un tío suyo que se casaba en una semana.
Llenaron una maleta entera con regalos franceses; otra con ropa de verano. Desde París volaron hasta la ciudad de Marsella; de Marsella, en otro avión similar, a Sanáa, en Yemen. Allí, la compañía Yemenia Airlines les cambió de nuevo de avión para la última parte del viaje. El aparato, un viejo Airbus 310, sin permiso desde 2007 para volar en Europa por irregularidades, constituía lo que los comoranos, acostumbrados a esa compañía aérea, denominan “aviones basura” o “aviones ataúd”.
En un principio, a Bahia le correspondió un asiento situado lejos de su madre. Tras hablar con las azafatas, pudo cambiarse y sentarse junto a ella.
-No percibí nada especial en el vuelo. Estaba muy cansada, aburrida. Llevábamos más de 14 horas de viaje desde París, en 3 aviones distintos. Tenía muchas ganas de llegar. Recuerdo que me levanté para ir al servicio, que las azafatas dijeron que nos preparáramos, que íbamos a aterrizar. Ellas se sentaron en sus sitios y se ataron los cinturones. Las noté tranquilas. Yo me até el mío. Miraba por la ventanilla, muy inclinada sobre el cristal, para descubrir las luces del puerto...
Entonces oye un ruido insoportable parecido al que hace una tela al rasgarse. Siente una suerte de aspiración gigante y una descarga eléctrica en su sistema nervioso que la deja inconsciente. El avión acaba de estrellarse en el mar sin que aún se sepa exactamente por qué. Nadie ha dado aún con las causas en un juicio pendiente. Bahia despierta en el agua. Bucea, sale a flote. Tose, escupe, grita. Nada unos cuantos metros. No recuerda el momento de caer, tan solo el hecho de verse debajo de las olas.
-Oí gritos de varias mujeres que pedían socorro cerca de mí. Me fijé por si venían a rescatarlas y luego a mí. Pero no pude orientarme. Luego todo quedó en silencio. Vi cuatro trozos del avión a mi lado. Elegí uno que tenía una ventanilla porque era el más grande.
Trata de subirse a él, pero la plancha no tiene superficie suficiente y se desliza por debajo de ella o acaba hundiéndose. Se resigna a quedarse recostada, con la cabeza y el torso apoyados en la plancha pero con las piernas sumergidas. Nota que el mar sabe a gasolina. Bahia recuerda una noche cerrada y silenciosa en la que acaba de ingresar de golpe sin comprender aún cómo. Siente que le duele el ojo izquierdo, que le pesan las piernas, que no puede mover el cuello hacia la derecha, que le duele la cadera.
Trata de no dormirse porque tiene miedo de soltarse de la plancha y hundirse. Pero no puede evitarlo y se adormece, brutalmente agotada, sin haber pensado aún mucho en lo que le acaba de ocurrir.
Es entonces, mientras su hija flota de noche en medio del océano, cuando su padre, Kassim, recibe la primera de las llamadas angustiosas de esas horas. En París son entonces las 3 de la madrugada, 2 horas menos que en las islas Comoras. Una amiga francesa le pide que ponga la televisión. Él obedece. Cambia de cadena, una detrás de otra: entonces repara en la leyenda roja de alerta que luce un canal de noticias, que informa de que un vuelo de Yemenia Airlines ha desaparecido hace poco más de una hora. Permanece imantado a la televisión hasta que amanece. Entonces decide llevar a sus 3 hijos a casa de su hermana y encerrarse en su domicilio a la espera de noticias.
En la parte del mundo en la que Bahia vaga a la deriva, entre las islas Comoras y el continente africano, ha amanecido hace tiempo. Milagrosamente, Bahia no se ha desprendido del trozo de avión que le sirve de balsa a pesar de su semiinconsciencia. Entonces, a la luz de la mañana, auxiliada por cierta lucidez que le aporta el haber dormido y descansado algo, descubre lo sola que se encuentra.
-Pensé que yo era la única que había salido del avión. Que tal vez por inclinarme tanto para ver cómo aterrizaba me había caído, no sé cómo, a través de la ventanilla. Cuando recordé las voces de las mujeres que pedían socorro, que yo había oído por la noche, pensé que las había soñado, que eran una pesadilla.
Con el amanecer, las islas Comoras se han movilizado para acudir al rescate de las víctimas. También Francia que, desde la cercana colonia de la isla de Mayotte, ha enviado aviones de reconocimiento. Hay buques militares, viejos barcos de pescadores que salen en ayuda de las víctimas a pesar de que el mar se encrespa cada vez más. Los patrones llevan anotadas las coordenadas servidas por los aviones que ya han rastreado la zona y aseguran haber visto restos del Airbus. Todos saben que no hay mucho tiempo: las corrientes marinas, lejos de avanzar hacia la costa, lo empujan todo en dirección contraria, hacia Tanzania, a una velocidad de 80 kilómetros en un día.
Bahia también se da cuenta de eso; ya ni siquiera bracea. El ojo izquierdo no ha dejado de dolerle. Le empieza a doler también la cadera a cada movimiento. Sigue sin poder torcer el cuello. Tiene sed, debido a que cada vez traga más agua salada. Y hambre: su última comida fue un pollo indigesto y una ensalada que les ofrecieron en el avión. El balanceo de la plancha en la que vaga es más pronunciado.
Hay decenas de barcos que buscan por el área acotada. A bordo del pesquero Hishima, un marinero llamado Líbouna Selemaní descubre algo encima de una plancha de metal que navega a unos centenares de metros de su posición. El oleaje lo despista, pero luego vuelve a verlo. Da la voz de alarma, grita al cuerpo que se balancea a lo lejos. Le arrojan un salvavidas que se queda flotando cerca sin que la persona que permanece encima de la plancha se moleste en mirarlo. Da la impresión de que está muerta.
-Oí gritos, vi el barco de unos pescadores. No recuerdo bien, porque dormía y despertaba agarrada a la plancha. Oí que me gritaban “ven” o “por aquí”, pero no tenía fuerzas para levantar la mano.
Selemaní no lo piensa mucho y se arroja al agua. Llega nadando hasta Bahia y le habla: “Tranquila, no te muevas. Te vamos a sacar de aquí”. La arrastra hasta el barco. La refugian en el camarote del patrón. La ayudan a despojarse de los botines, de los pantalones, de la sudadera empapada y fría. La envuelven en 4 mantas. Tirita. Siente escalofríos. El patrón le hace una cura de urgencia en el ojo herido. Le ayuda a vomitar el agua salada y el combustible que almacenaba en el estómago y que funciona como veneno. Ella da su nombre y el de su ciudad a los pescadores. Pregunta por su madre, convencida aún de ser la única persona que ha caído y no la superviviente de un avión destrozado. Sin precisar mucho, le contestan que la espera en el aeropuerto. Le dan algo de comer y algunos vasos de agua azucarada. Después se duerme, exhausta, sin saber todavía lo que le ha ocurrido.
La noticia de que existe un superviviente del monstruoso accidente de avión da la vuelta al mundo, al principio con un error de bulto. Alguien desde el barco comunica que han rescatado a una niña y alguien en el puerto entiende que se trata de un bebé. Han de pasar aún varias horas hasta confirmar que la milagrosa superviviente es una adolescente de 13 años, delgada, con nombre y apellidos, que vive en las afueras de París.
Ese es el segundo telefonazo de urgencia que recibe el padre de Bahia en menos de diez horas. Un amigo de las islas Comoras que acaba de enterarse, le pregunta a bocajarro, casi sin saludar:
-Kassim, ¿cómo se llama exactamente tu hija, la del accidente?
Bahia llega a un hospital de Moroní. Los médicos la diagnostican heridas en un ojo, quemaduras en la mejilla, quemaduras en las piernas y una clavícula y una cadera rotas. A falta de hemorragias internas, nada grave. El coronel Maurice Mauplot, que participó en las labores de rescate, afirmó tras conocer el parte médico que él había visto gente que se había caído de una bicicleta con más heridas que ella.
El resto de la historia es simple: regresó en el avión de un ministro francés que acudió a interesarse por ella y a hacerse la foto, se reencontró con su padre, dividido entre la angustia de haber perdido a su mujer y la alegría de haber recuperado a su hija mayor; convaleció durante varios meses en un hospital de París, la visitó de forma meteórica el presidente de la República, Nicolas Sarkozy, se le cerraron de nuevo los huesos de la clavícula y de la cadera, se le curó el ojo, las quemaduras leves de la mejilla y las graves de las piernas.
Volvió a su casa y recuperó la vida cotidiana: su instituto, sus amigos, sus notas brillantes de alumna modelo. Sigue siendo tímida, como recuerda el padre, que también resalta el inmenso deseo de vivir y el instinto de superviviente y la tenacidad que demostró en las horas sufridas después del accidente y en los días y meses que siguieron. En algún lugar de la casa guarda el teléfono de varios psicólogos especializados que le dieron en el hospital para ayudar a Bahia, pero no los ha utilizado por ahora.
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