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Consecuencia de los parches
Guayaquil, en ejercicio pleno de sus derechos, va a demostrar de manera pacífica y democrática su inconformidad frente a las políticas gubernamentales que las considera atentatorias con su desarrollo.
Nadie puede desconocer que en Guayaquil se operó un cambio sustancial en el ámbito de su desarrollo. Frente a gestiones municipales “de las que ya no quiero acordarme”, que llenaron a esta ciudad de ludibrio, de vergüenza; a sus calles y plazas de basura, a la administración municipal de corrupción sin límites, la ciudad huancavilca reaccionó una vez más como antes reaccionó frente a los piratas y los corsarios, ante los grandes incendios, para cual ave fénix, de las cenizas hacer una nueva ciudad. Guayaquil aunque “le pese a la cobarde envidia,” es una ciudad que se ha convertido en modelo para otras ciudades de Latinoamérica. Que hay mucho por hacer en Guayaquil, nadie lo discute. Quien diga lo contrario, está loco o desubicado. Precisamente por eso, porque en esta ciudad queda mucho por hacerse, es que va a salir a sus calles a exigir que no le mermen los valores que le deben ser entregados por el gobierno central a su municipalidad. A los pueblos no se les puede negar su derecho a reclamar lo que les parece que debe reclamar.
Guayaquil, para qué repetirlo, es cuna de grandes movimientos de libertad 9 de Octubre de 1820, 6 de marzo de 1845, 5 de junio de 1895, 28 de mayo de 1944.
Movimientos populares todos estos que se gestaron en busca de libertad, para cambiar sistemas políticos superados por la historia y para derrocar tiranos que se equivocaron cuando creyeron que se debe gobernar con la fuerza y con violación de fundamentales derechos humanos.
La hora que vive el mundo es para sumar esfuerzos, para empujar las iniciativas y las gestiones que tienen éxito, y no para echar por la borda lo bueno con el objetivo de dar paso a experimentos que no se sabe adónde puedan llevar. Eso, no es gobernar. Por estas consideraciones es que la marcha de Guayaquil del jueves 11 de este mes no debe asustar a nadie. Las calles y las plazas son, entre otras cosas, para eso; para que sean el escenario desde donde se pueda ejercitar el derecho a la protesta, a la reclamación justa y coherente. Que nadie pretenda decir que esta marcha tiene tintes separatistas, o divisionistas. Nada más alejado de la realidad.
Debe haber la suficiente sensibilidad en el Gobierno para que comprenda que las voces de los pueblos no se deben botar al cesto de la basura si es que no provienen de sus propias filas. Esta es una tremenda equivocación que no la pueden cometer los verdaderos estadistas.
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